7 razones para amar a Wes Anderson

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Hoy cumple años el genial Wes Anderson, una de esas figuras a las que amas u odias, un tipo que a nadie deja indiferente. Las mismas razones por las que algunos amamos al director son precisamente los motivos por los cuales sus películas sacan de quicio a quienes no comparten nuestra filia. Spoiler: por aquí se le ama, y mucho. Sí, porque Wes es uno de esos colegas a los que no conocemos, aunque lo cierto es que sus películas pueden decirnos mucho de él. A continuación, 7 razones para amar a Wes.

7. Sus paletas de color.

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El odio que profeso hacia el color amarillo en la vida real es directamente proporcional al amor que me produce verlo en una peli de Wes. Sus paletas de colores retro nos transportan a lugares en los que nos gustaría vivir, lugares que nos parecen agradables incluso cuando en ellos tienen lugares las historias más turbias.

6. Los planos cenitales.

Sus obras nos hacen sentir que estamos ante una historieta o un cuento. En ocasiones esto se debe a cuestiones técnicas que van más allá de la propia narrativa, como el uso de sus planos cenitales. ¿No entendéis lo que quiero decir? De acuerdo, arriba os dejo un vídeo con una recopilación de planos cenitales de Wes Anderson que, en el caso de que seáis fans de su obra, os arrancarán una sonrisa.

5. Los personajes de sus películas.

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De acuerdo, normalmente se trata de personajes de pocas palabras… pero que nos dejan grabadas frases que nos hartaremos de ver en twitter, en todo tipo de merchandising y, a este paso, en más de un obituario. Así son Max Fischer y Herman Blume en Rushmore, pero también los Tenenbaums, el gran Zissou o la pareja de enamorados de Moonrise Kingdom. Nos hacen reflexionar, incluso cuando se trata de intervenciones absurdas a las que acabamos dotando de un significado que en realidad no tienen. Pero, oye, son entrañables… patéticamente entrañables, o entrañablemente patéticos.

4. Es tan obvio… La simetría.

Iba a decir que lo de Wes Anderson con los planos simétricos roza lo obsesivo, pero lo sobrepasa con creces. Sí, y nos encanta… Como todo buen director, el tipo es un cinéfilo de narices. Pero sus influencias no son siempre notables, aunque por supuesto se encuentren siempre tras sus trabajos. En el caso de los planos simétricos nadie puede negarlo: Kubrick está en todos y cada uno de ellos.

3. Su sentido del humor.

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Realmente muchos de estos puntos no pueden entenderse por separado. Algunos de sus personajes nos resultan entrañables gracias a los toques de humor que encontramos en sus películas. Por ejemplo, los personajes de Willem Dafoe tanto en Life Aquatic como en The Grand Budapest Hotel… Nada tienen que ver entre ellos, son completamente opuestos, pero ambos personajes nos resultan cómicos, cada uno en su extremo, gracias a esos toques de humor wesandersonianos. Buena culpa de ello la tienen sus actores; incluso en sus papeles más dramáticos, siempre queda patente ese toque de comicidad en las actuaciones de Bill Murray, Owen Wilson o Jason Schwartzman. Como decía antes, personajes entrañables, que nos hacen reír con cierto aire de ternura.

2. La colección de discos de Wes.

La música de sus películas es simplemente perfecta. Los Kinks, Elliott Smith, Françoise Hardy, Cat Stevens, David Bowie, Nico, Rollings, Zombies, Ramones… y así podría seguir, nombrando a todos y cada uno de los artistas que recogen sus bandas sonoras. Es algo maravilloso. No podríamos concebir los Tenenbaums sin la escena en la que suena Needle In The Hay. Si os quedáis con ganas, os cedo mi lista de spotify con toda la música de sus pelis.

1. El Casting.

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Owen Wilson y Wes Anderson en Sundance en 1993

Sí, así con mayúsculas y todo. El reparto de sus películas es posiblemente el mayor acierto en el cine de Wes Anderson. Suele contar siempre con los mismos actores que conforman un casting de un nivel inigualable. Bill Murray es el actor que más veces ha trabajado con el director (Anderson cuenta con él desde su segundo largometraje, actuando algunas veces en papeles ridículamente secundarios y otras como protagonista), seguido de Owen Wilson y Jason Schwartzman. Edward Norton, Harvey Keitel y Tilda Swinton son sus últimos fichajes, que se suman a otros viejos conocidos del director como Adrien Brody o Anjelica Huston. ¿Volveremos a ver a Ralph Fiennes colaborando con Wes? Por favor, que la respuesta sea un sí.

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La música en el cine: cine mudo

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Qué sería del cine sin música… ¡y de la música sin cine! Ah, al fin queda inaugurada la sección “Cine y música”. Así de primeras suena pesadita, pero prometo no limitarme a las parrafadas en tono académico, al menos no por muchos más días. Prometo críticas de géneros estrechamente relacionados con la música (musical, documental musical, whatever), curiosidades musicales del mundo cinematográfico e incluso mostraros las facetas más musicales de algunos actores/directores. ¿Todavía no os he contado que Jack Lemmon canta? Vale, ya me callo.

Para rastrear los inicios de la música en el cine debemos remontarnos a comienzos del siglo pasado —comienzos del XX pero también los últimos años de la década de 1890—, a la explosión tecnológica y científica de aquellos momentos en los que los hermanos Lumière y George Méliès hacían su magia, en todos los sentidos. Pocas composiciones han sobrevivido de este período, pero no por ello desconocemos el uso que se le daba por aquel entonces a la música, recurso imprescindible en las salas donde se proyectaban las películas que precedieron al sonoro.

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Pese a la ausencia de sonido en las películas, la música cumplía una curiosa función más allá de la de ambientar al espectador: era una herramienta muy útil a la hora de ocultar el sonido producido por el proyector, que distraía la atención del público. Era habitual escuchar a músicos tocando en vivo, especialmente pianistas. Las salas más modestas contaban con un fonógrafo, y en algunos casos incluso disponían de una orquesta sinfónica o un coro, situados tras la pantalla.

Esta música era improvisada, aunque los intérpretes también recurrían a partituras de música clásica o propias del repertorio teatral. Dado el éxito de el cine como nueva forma de entretenimiento estas distintas melodías fueron almacenándose en catálogos, conformado la llamada música de photoplay; eran los propios músicos quienes enviaban las partituras que debían acompañar a cada film. Todo esto fue habitual hasta la llegada de las composiciones originales para películas, siendo la primera de ellas la que realizó Joseph Carl Breil para El nacimiento de una nación, de Griffith.

La música en el cine mudo se utilizaba para crear un tema asociado a los personajes principales o a situaciones argumentales, y el público podía identificar las distintas melodías cada vez que se repetían o variaban. Además, se empleaban diversas secuencias armónicas para representar los diferentes estados de ánimo presentes en la cinta. Todos tenemos en mente algún fragmento de Chaplin o Keaton, e incluso de la Disney primigenia, en los que un alegre personaje —alegre por su rostro, exceptuando claro está a Keaton, pero también por el hilo musical que acompaña al fragmento en nuestra cabeza— camina con aire grácil hasta que su felicidad se ve truncada por un suceso X, al que acompaña una música muy distinta… ¿verdad?

Sobre las distintas secuencias armónicas surgían las improvisaciones, marcando así efectos visuales como golpes, caídas o carreras. Pero no solo de comedia vive el cinéfilo, y esta música también podía servir para crear tensión más allá de la comedia. Sí, podemos pensar perfectamente en Murnau y en como la música y los efectos de sonido han condicionado casi por completo la experiencia del espectador en las películas de terror hasta nuestros días.

Por desgracia hemos perdido gran parte de esta música que acompañaba al cine en su primera etapa. Por experiencia os invito a acudir a alguna de las proyecciones de cine mudo que tienen lugar en colaboración con pianistas en vivo, puesto que son lo más parecido que podremos encontrar a la experiencia real que vivió el público de la época. No obstante cabe destacar la labor de algunos músicos como Carl Davis, Robert Israel, Timothy Brock o Steven Ball, que han arreglado algunas de estas composiciones pero que también han creado nuevas piezas para acompañar a las películas de la era del mudo.

Room (2015): Habitación no es una habitación

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Os dejo algo que escribí hace un tiempo para otro blog pero, oye, por qué no compartirlo aquí.

Room es Habitación. Habitación no es una habitación; ni siquiera es La Habitación, por mucho que nos empeñemos en perder matices con las traducciones, ya que nada existe fuera de ella para Jack. Todo aquello que no se encuentra en Habitación pertenece al imaginario de TV, donde se encuentran las personas de mentira, los árboles y los perros. Tan solo Ma y El viejo Nick son reales, pero nada más sucede en el espacio exterior.

Lenny Abrahamson lleva a la gran pantalla una adaptación de la novela de Emma Donoghue, Room, contando con una exitosa acogida por parte de crítica y público. La película cosechó hasta cuatro nominaciones en la última edición de los premios Oscar, con una triunfante Brie Larson que pudo recoger su estatuilla al ser galardonada en la categoría de Mejor actriz.

Secuestrada siete años atrás, Joy (Brie Larson) —a la que su pequeño conoce como Ma— convive en una caseta de jardín junto a su hijo de cinco años Jack (Jacob Tremblay), para quien ha creado todo un universo entre las cuatro paredes de su calabozo. Tras el quinto cumpleaños de Jack, recibe la noticia del despido su raptor, por lo que teme que pierda la casa en la que vive y augura un final fatal para ella y el niño. La desesperación le llevará a urdir un plan de huida para Jack, pero antes deberá explicarle a su hijo cómo es el mundo real que le ha estado ocultando durante toda su vida.

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¿Es posible que alguien cometa una aberración de este tipo? Sin duda es algo que nos preguntamos a lo largo de los 118 minutos que dura la cinta, cómo tipos de la misma calaña que Josef Fritzl o Ariel Castropueden convivir en un mundo en el que también encontramos sentimientos tan fuertes como la bondad y el amor. Precisamente esto es lo que Donoghue —también guionista de la adaptación— y Abrahamson logran transmitir a la perfección en La Habitación.

El film cuenta con un reparto de calidad excepcional, y así nos lo demuestran los propios intérpretes. La actuación de Brie Larson es magnífica, digna de todos y cada uno de los premios que ya colecciona. Pero sin duda destaca por encima del resto Jacob Tremblay, con tan solo 9 años de edad, en un papel nada fácil para un niño. Evitando los spoilers tan solo apuntaré que las actuaciones de Joan Allen y William H. Macy están al nivel que podemos esperar de dos grandes actores como ellos, con quienes alcanzamos a empatizar en la segunda mitad de la película.

La fuerza de La Habitación radica en la capacidad de una madre para luchar por su hijo, convirtiendo algo tan horrible como el secuestro de un depredador sexual en un cuento de hadas a ojos de su criatura. Las actuaciones de sus protagonistas consiguen transmitirnos todo eso por medio de los gestos, con caricias y miradas, pero también con potentes diálogos. Abrahamson es capaz de llegar al espectador sin caer en lo excesivamente morboso y/o melodramático, sin incidir en los episodios de abusos sexuales o desesperación de los personajes, aplicando la carga justa de dramatismo.

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Lo peor: si todavía no has visto la película BAJO NINGÚN CONCEPTO VEAS EL TRAILER… Yo no lo hice, gracias a Dios. No puedo entender cómo una película tan increíble puede contar con un trailer tan espantoso, que desvela toda la trama en cuestión de dos minutos. Es horrible, insultante incluso para el espectador, ¡totalmente innecesario! Quiero pensar que alguien tuvo la brillante idea de utilizar a William H. Macy como reclamo, aunque sinceramente no puedo justificarlo.

Lo mejor: la habilidad de Abrahamson para conseguir aquello que los creadores de trailers y publicidad tanto anhelan, concebir una película que realmente sí nos muestra “la belleza de la vida” y que “el amor puede con todo”.

Hail, Caesar! (2016): visorum te salutant

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Todo autor de renombre firma Obras y obras. Ethan y Joel Coen —directores, productores, guionistas, demiurgos del cine independiente…— se sitúan esta vez entre ambos términos, a mitad de camino entre la mayúscula y la minúscula. Más allá del humor negro al que nos tienen acostumbrados, esta vez nos dejan un humor en estado puro que se remite a los tiempos del cine clásico.

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Hail, Caesar! contiene algo del western de serie B, del melodrama, del musical (con todo un numerito de Channing Tatum) y del peplum épico, como es lógico si tenemos en cuenta cuándo y dónde se desarrolla la acción. Pese a ello no podemos hablar de un simple pastiche de géneros, ya que los Coen van más allá de esa idea. No se trata de un homenaje a los géneros cinematográficos, ni siquiera al Hollywood de los años 50. La última película de los Coen ofrece todo un homenaje a la figura del productor, sí, esa figura que ambos conocen a la perfección.

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Josh Brolin encarna a Eddie Mannix, productor que tiene que lidiar con distintos problemas, como el embarazo de su estrella femenina (Scarlett Johansson) o el fichaje de un pésimo actor de western para protagonizar melodramas al estilo de Cukor (Alden Ehrenreich). Entre estos problemas se encuentra también el principal dilema, sustancial para la trama: resolver el secuestro de la estrella de la producción del año (George Clooney) sin rendir cuentas de ello a un dúo de periodistas gemelas, interpretadas por Tilda Swinton.

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Los momentos cómicos resultan, valga la necesaria redundancia dadas algunas críticas, cómicos. Al menos así lo percibimos todos en mi sala. No me hago responsable de opiniones basadas en la versión doblada, ya que reconozco haber recibido con un enorme “BLEH” así, en mayúscula y con lucecitas de neón, el segundo trailer de la película doblado al español. Nada que ver con la versión original, nada que ver siquiera con la perfección que encarna Ralph Fiennes en todo aquello que le rodea. Aprovecho tan objetiva apreciación para echar en falta más minutos de Fiennes o Swinton en pantalla.

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Te ríes, vale. Pero el mensaje de los Coen va más allá, centrándose en la necesidad que siente el ser humano de creer en algo. Precisamente hablo de “algo” porque no solo alude a Dios —la escena en la que el protagonista se reúne con hombres de fe de diferentes religiones es una de mis favoritas—, presente en las escenas inicial y final con Mannix en un confesionario. De nuevo encontramos el mismo tema que en A Serious Man, maravillosa cinta en mi humilde opinión de espectadora y fan incondicional de Michael Stuhlbarg. Como decía, ese “algo” va más allá de Dios, ya que también se refiere a la fe ciega de los guionistas-secuestradores en el Comunismo.

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No puedo decir que me parezca una mala película. De acuerdo, no es Fargo… pero tampoco pretende serlo en ningún momento. Hail, Caesar! no pasará a la historia como la mejor película de los Coen, pero mucho menos lo hará como la peor. En ella encontramos lo que podemos esperar de una obra de los hermanos: un puñado de carcajadas y la necesidad de creer en algo, en algo llamado cine.

The Hateful Eight (2015): Las Odiosas Críticas

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“Pasaré a lo siguiente. Tengo diez proyectos más que han salido de donde salió ese”, declaraba Quentin Tarantino en 2014 tras filtrarse el guión de su última película, The Hateful Eight. Si algo podemos sacar en claro tras leer algunas de las opiniones que ha suscitado el film es, sin duda, que muchos de sus detractores preferirían que el director hubiese continuado en sus trece. Los Odiosos Ocho —¿no nos quejamos siempre de las pésimas traducciones? pues he aquí dos tazas para un título discutible— suscita los tres tipos de respuesta estándar entre la crítica: amor, odio e indiferencia. Eso sí, en sus cotas más elevadas.

Nieve y Morricone dan paso a casi tres horas de Tarantino. De nuevo un western, que nos sitúa en Wyoming poco después de finalizar la Guerra de Secesión. Los créditos iniciales sobre un paisaje nevado nos advierten: la película ha sido rodada en Ultra Panavision 70, pese a que tú difícilmente vayas a apreciarlo. La decisión técnica puede resultar maravillosa como anécdota en una lección sobre historia del cine, a la hora de elaborar la ficha técnica del film e incluso como reivindicación de los medios existentes para rodar/visualizar cine en la actualidad. También puede que resulte maravilloso el visionado de la obra en este formato; yo, como la inmensa mayoría, no he podido comprobarlo. Cabe señalar que esta entrada puede contener spoilers, y será difícil de seguir para quienes no hayan visto la película, por lo que quizás no sea recomendable que sigan leyendo.

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Como decía, la cinta comienza en un paisaje nevado. Pero que no nos engañe este inicio, ya que tan solo volveremos a ver el paisaje en el flashback, del que hablaré más adelante. Por lo demás la acción transcurre en la diligencia que trasladará a los primeros cuatro odiosos, hasta llegar a la habitación en la que se encuentran los cuatro restantes. Solo nos queda presentar a los protagonistas: un cazarrecompensas (Kurt Russell), su prisionera (Jennifer Jason Leigh), un antiguo soldado de la Unión que también trabaja como cazarrecompensas (Samuel L. Jackson) y quien dice ser el futuro sheriff del pueblo al que se dirigen (Walton Goggins), coinciden en la diligencia que hará su parada en la mercería de Minnie. Allí se reunirán con el mexicano que está a cargo de la mercería (Demian Bichir), el verdugo que ajusticiará a la prisionera (Tim Roth), un introvertido vaquero (Michael Madsen) y un general confederado retirado (Bruce Dern).

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Una vez instalados en la mercería de Minnie solo podemos esperar a que llegue la acción. Los ocho personajes, de dudosa identidad y con intenciones todavía más dudosas, coinciden en lugar y tiempo dando paso al particular Diez Negritos de Tarantino. La referencia a Agatha Christie es obligada desde el momento en que el Mayor Marquis Warren se convierte en el Hércules Poirot de la cabaña, asumiendo un rol detectivesco que dará paso al espectáculo gore que todos esperamos al pagar la entrada. Volviendo a Christie resulta curioso cómo ambas, la novela citada y el western de Tarantino, finalizan dando muerte a una mujer colgada.

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¿Es la obra maestra de Tarntino? No. ¿Es un desastre? Tampoco. ¿Deja indiferente? Quizás. En mi caso disfruté de la cinta. ¿Volvería a verla antes de 2036? No creo. He leído opiniones muy diferentes, pero reconozco que en su momento acudí al cine sin ningún tipo de prejuicio o perspectiva. Creo que hacerlo con expectativas de disfrutar del 8 ½ de Tarantino es un grave error. La carrera del director y su merecida fama —gloria para toda una legión de seguidores, que tienden a transformarse en aquellarre cuando comentas que “tal película de Tarantino” te dejó indiferente— es indiscutible, merecidamente indiscutible. De ahí a que esta sea la mejor de sus obras, o que constituya una metáfora maestra del conflicto racial estadounidense, bueno… el trecho es enorme.

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Supongo que debemos tomar exhibicionismo y alardeo por liebre. También he leído que resulta “excesivamente violenta”. Lo prometo: he leído cosas tan absurdas como que una película de Tarantino podría resultar a alguien, como si a estas alturas no esperásemos encontrarnos con ello, “excesivamente violenta”. Contiene violencia, contiene gore —ese gore ralentizado que roza el patetismo—, contiene intriga y, por supuesto, contiene actores de primera. Contiene todo lo que podemos esperar ver en Tarantino, excepto ese “oh, Dios, lo ha vuelto a hacer” que muchos deseábamos encontrar. Creo entender que son dos los momentos que pretendían alcanzar ese clímax: la felación en la nieve y el momento Jackie Kennedy de Jennifer Jason Leigh con los sesos de Channing Tatum por todas partes. ¿Alcanzamos ese clímax, en serio? Bleh. El baño de sangre resulta cómico, pero ni siquiera llega a resultar lo suficientemente cómico como para convencerme. Y no, tampoco me convencen el relato de Samuel L. Jackson y su historia de venganza.

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Perdónenme aquellos miembros del aquelarre porque, como he intentado explicar bajo tanta crítica destructiva, me gustó la película. Ni odiosas críticas ni alabanzas inmerecidas, porque si algo merece un director de la talla de Tarantino es honestidad, y porque toda crítica negativa se debe a que todos nosotros reconocemos que puede hacerlo mejor, porque indudablemente YA lo ha hecho mejor.

Steve Jobs (2015): el gurú entre bambalinas

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«Toda la información que necesites en el curso de vivir en una sociedad compleja se encontrará en una forma compacta en su propia casa .Tendrá una pantalla como el televisor y un teclado[…]»

Así comienza Steve Jobs (2015, Danny Boyle), con las proféticas declaraciones del escritor y científico Arthur C. Clarke en 1974. Aaron Sorkin (The Social Network) adaptó la biografía de Walter Isaacson, Steve Jobs (2011), para confeccionar el guión de la última película del director de Slumdog Millionaire, Danny Boyle.

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No es la primera vez que el personaje del cofundador de Apple es llevado a la gran pantalla. Pero la película de Boyle se aleja de la estructura del biopic a la que el cine nos tiene acostumbrados, con un film en el que Michael Fassbender interpreta de manera impecable a Steve Jobs.

La trama se divide en tres actos, cada uno de ellos situado en un escenario —en el sentido más literal de la palabra— distinto y previo al lanzamiento de diferentes productos que el magnate del sector informático dio a conocer. Entre cada uno de esos actos encontramos fragmentos de historia, recortes documentales que subrayan la importancia de Jobs en la industria de la tecnología. Además, claro está, del gag sobre el Newton que llegó a los Simpsons, sin poder olvidarnos de mencionar la música de los Libertines.

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La primera parte tiene lugar en 1984 y narra los instantes que anteceden a la presentación del Macintosh. En ella se dan a conocer los personajes que aparecerán a lo largo de toda la cinta: la mano derecha de Jobs, Joanna Hoffman (Kate Winslet), el también cofundador de Apple Steve Wozniak (Seth Rogen), el ex-director ejecutivo de la empresa John Sculley (Jeff Daniels) y Andy Hertzfeld (Michael Stuhlbarg), miembro del equipo de desarrollo original del Macnistosh. También aparece por primera vez una antigua pareja del protagonista, Chrisann Brennan (Katherine Waterston), la madre de la hija que Jobs se niega a reconocer en inicio. Lisa —así se llama la pequeña— será fundamental en toda esta historia, interpretada por tres diferentes actrices en los distintos actos.

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A lo largo del segundo acto vemos la transición de Steve Jobs, lo que ocurrió tras su salida de la compañía y antes de su regreso: NeXT. En este fragmento ambientado en 1988 tiene lugar una tensa discusión protagonizada por Fassbenders y Daniels, pero también es el momento del acercamiento de Jobs a su hija, al mismo tiempo que se nos revela el plan del empresario para volver a su vieja compañía por la puerta grande.

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Por último, el acontecimiento que cierra la película será el lanzamiento de la primera iMac en 1998. Se trata de un momento de catarsis para el protagonista, quien vive su propio Cuento de Navidad justo antes de uno de los momentos que cambiaron el curso de la tecnología en la historia. El eje principal en este acto, al igual que ocurre en la mayor parte de la película, será Lisa, ahora ya de edad adulta.

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Quizás con momentos algo edulcorados, padre e hija ponen fin a todas sus disputas e intercambian miradas justo antes de finalizar la película, cuando Jobs se dirige al público en su presentación. De hecho es lo que ocurre en cada una de las partes: tan solo vivimos los momentos previos a las mismas, pero nunca somos partícipes de lo que ocurre en estas presentaciones. Al fin y al cabo son pedazos de historia, y no aportan nada a un film como el de Boyle.

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Steve Jobs trata acerca de la vida del gurú de la tecnología, pero en ningún momento pretende presentárnoslo como tal. Lo que intersa a Boyle es la humanidad de Jobs, sus fantasmas, temores, ambiciones… las luces y las fuertes sombras del tirano que también fue padre.

Macbeth (2015): Vuelta y vueltas a los clásicos

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Las adaptaciones cinematográficas de Shakespeare existen desde que el cine es cine. Hasta aquí, una (otra) nueva película que cuenta la historia de Macbeth no aparenta ser muy original, pero a la obra del australiano Justin Kurzel parecen pesarle más las críticas positivas que las negativas. Si bien estas versiones son muy numerosas en cantidad, no podemos hablar en los mismos términos acerca de la calidad de las mismas, por lo general… y es ahí donde el Macbeth de Kurzel logra destacar, donde ya lo hicieron antes Welles o Polanski.

Para los despistados: la obra shakesperiana nos habla de traición, ambición y deseo. Situada en el siglo XI cuenta la historia de Macbeth, futuro rey de Escocia según la profecía de tres misteriosas brujas. Con la ayuda de su mujer logrará dicho objetivo, aunque valiéndose para ello de diversas tretas que mancharán sus manos de sangre.

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La crítica ha alabado la estética del film, las actuaciones de los protagonistas y, en especial, las escenas de batalla que utilizan un avanzado slow motion. Esta técnica nos permite disfrutar de sangrientas y explícitas escenas de guerra y muerte, aunque no podemos juzgar el valor de la película tan solo por ello —desconocemos lo que Welles haría con la tecnología de nuestro siglo.

Como alguien a quien, por el momento, no ha conseguido convencer de nada efecto especial alguno en la historia del cine, lo que realmente considero interesante en el Macbeth de Kurzel es el nuevo enfoque que adopta para contar la historia que tantas veces hemos oído, visto o leído.

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Macbeth (2015) comienza con el funeral del hijo del protagonista, de aquel que será rey pero no tendrá descendencia. Esta nueva adaptación nos muestra ciertos rasgos de humanidad que, pese a la gravedad de los asesinatos que ambos planean, no veíamos en los protagonistas de las versiones anteriores. El cambio de actitud de los personajes con respecto a otras versiones se debe a este nuevo elemento, a esa parte de la historia que no nos habían contado, al fallecido hijo del matrimonio. La Lady Macbeth de Marion Cotillard resulta algo menos mezquina y calculadora que la que estamos acostumbrados a ver, y tampoco el papel de Michael Fassbender es el de un Macbeth al uso, a pesar de llevar a cabo los mismos actos que sus predecesores.

En este caso la ambición se encuentra enturbiada por la pérdida de un bebé, tratándose de un matrimonio marcado por la desaparición del hijo que ha muerto. La relación entre la pareja se presenta como complicada dada su enorme complicidad, pero sin poder olvidar el hecho trágico que ha marcado sus vidas. Las actuaciones de ambos son impecables, destacando en especial el soliloquio de locura que ofrece Cotillard.

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En este caso la ambición se encuentra enturbiada por la pérdida de un bebé

Los niños cobran gran importancia en la película de Kurzel, como ya hemos visto con la inclusión del hijo de Macbeth en la historia. El horror de estos pequeños nos conmueve, como en el caso de Fleance cuando comprende lo que está ocurriendo realmente. También son protagonistas en la escena en la que Lady Macduff y sus hijos son ejecutados; pese a no mostrarnos cómo son abrasados por el fuego, la escena es más propia de un capítulo de Juego de Tronos que de una adaptación de Shakespeare, por violenta que sea. Además, los niños también representan el futuro, algo que podemos apreciar con la vuelta de Fleance al final de la obra.

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También cabe destacar algún que otro fallo en la producción, como el anacronismo que encontramos en una de sus localizaciones. Parte del rodaje tuvo lugar en la inglesa Catedral de Ely, una edificación que cuenta con elementos pertenecientes a reformas de los siglos XIII-XIV. Teniendo en cuenta que se trata de un relato basado en el siglo XI, no deja de sorprender cómo es posible que en un film tan cuidado, en la mayoría de sus aspectos, pueda cometerse semejante error.

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En Macbeth se mezcla lo humano de los sentimientos —la conmoción por la pérdida de un hijo, la ambición del ser humano, la venganza o el dolor— con lo sobrenatural de las profecías que pronuncian las llamadas Hermanas Fatídicas acerca del protagonista.

Valoro de manera positiva que la cinta no consista tan solo en un recital de versos shakesperianos, ya que en este caso las emociones provocadas por los silencios son incluso más importantes en la obra que el texto original. El nuevo enfoque con el que Kurzel aborda tan antiguo relato posibilita, sin duda, el ingreso de esta adaptación en el top shakesperiano.